Harry and me

Harry Potter and the Half-Blood Prince (#6)

“El señor y la señora Dursley, del número cuatro de Privet Drive, están orgullosos de decir que eran perfectamente normales y muy agradecidos por ello. Eran las últimas personas que uno esperaría encontrar involucradas en algo extraño o misterioso, porque no aceptaban esas tonterías”.

Describiendo a los odiosos tíos de Harry Potter comenzaba la primera parte de esta exitosa saga. “El niño que vivió” se llamaba el primer capítulo de “La Piedra Filosofal”. Terminaba el siglo XX y en un paseo por las librerías, la curiosidad me superó y pregunto por un tal Harry Potter (del que había leído, supongo, en alguna revista gringa o navegando por la red). Hago la apuesta, compro el libro, lo leo, me gusta y en menos de dos semanas ya estaba nuevamente en la librería comprando “La cámara secreta”.

En Chile, el niño huérfano con poderes mágicos aún estaba lejos de convertirse en fenómeno. Sólo mientras leía “El prisionero de Ázkaban”, tercero de la saga, escuché algunas voces que, curiosas, hablaban de su autora J.K. Rowling y del mito que envolvió la escritura de este best seller.

La Rowling, posterior a Steel, a Crichton y a Grisham, sentó un precedente para la popularidad de Dan Brown a raíz de su Código da Vinci, y Stephanie Meyer se convirtió en su natural heredera con la saga “Crepúsculo”.

Así y todo, Harry Potter convertido en una máquina de hacer millones, en un objeto pop y masivo, logró lo que no lograron ni la Steel ni Grisham. Lo que gozó Brown y de lo que goza actualmente la Meyer. Este boom editorial provoca, descubre o crea algo improbable hasta ese entonces: el hábito entre los más pequeños por la lectura. Y no estamos discutiendo ni la calidad ni la densidad de su narrativa. Tampoco comparándola con nadie (en estricto sentido literario), pero puedo constatar personalmente que si ya venía siendo un lector recurrente, los textos de la Rowling provocaron que me acercara aún más a la literatura con un impulso casi depredador. Uno de mis primos, bastante menor que yo, comenzó sus hábitos de lectura con Harry Potter. Hoy, con 20 años, lee autores tan variados y valiosos como Murakami, Whitman y Auster.

Los siete libros ya están. La historia (en los libros) se acabó, y en el intertanto me alejé de Potter, o a lo mejor crecí y mis intereses literarios cambiaron. Debo confesar que el último libro no lo he terminado de leer y mi conexión con el chico del rayo en la frente se remite al artefacto cinematográfico, que esta semana tiene expectante a toda la industria del entretenimiento.

Lo primero mejor de toda esta franquicia es la cantidad de actores ingleses de primera línea que han participado en ella. Todo un lujo del que pocos se pueden jactar (quizás sólo Robert Altman en “Gosford Park”). Lo segundo mejor es que a medida que avanza, todo se vuelve más oscuro y, por cierto, más adulto.

No juzguemos a las películas por sus libros. Mediante, hay un término que los fans no conocen o les cuesta entender: estamos hablando de una ADAPTACIÓN. Lo mágico acá, es que por más vampiros y hombres lobo que aparezcan entre medio, tratando de ensombrecer este hechizo, el colegio/castillo inmerso en una realidad paralela, donde habita un joven salvado milagrosamente al nacer y que ahora resulta ser “el elegido”, sigue encantando a todos. Así mismo como los relatos que fundaron la historia de nuestra civilización.

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